Posesionan a directiva de Mujeres Quechuas “Juana Azurduy”

Nicolasa Machaca. El Deber

Correo del Sur.- Se posesionó a la primera directiva de la Organización Social de Mujeres QuechuasJuana Azurduy” que está a la cabeza de la presidenta, Nicolasa Machaca, cuya gestión es por un año.

La Presidenta y las demás integrantes de la directiva: Lidia Medina, Lucila Saavedra, Segundina Callejas, Martha Estrada, Martha Ávalos, Guillerma Flores, Betty Pinaya, Aurora Bejarano, Rossemary Ruiz, Cristina Ortube y Rosario Liendo fueron posesionadas por la Coordinadora Departamental Para el Cambio (CODELCAM) en el Paraninfo a donde asistieron autoridades de la Gobernación, la Alcaldía, e instituciones que trabajan con mujeres.

Machaca dijo que llevan el nombre de la heroína porque nació en Chuquisaca y peleó por la libertad del pueblo, pese a ser madre. Ahora deben trabajar por las madres de los barrios periurbanos que necesitan organizarse y capacitarse para contar con herramientas de trabajo, con el fin de incorporarse al proceso productivo.

Mujeres de diez barrios son capacitadas sobre organización, salud, educación, capacitación técnica en tejido a mano de ropa para bebé de cero a diez años y de diez para adelante, ropa de casa, bisutería, chompas y mandiles para los escolares.

¿Quién es Nicolasa Machaca? Es historia y presente. Fue nominada al Premio Nobel de la Paz, junto a otras 999 mujeres.

El periódico El Deber publicó el domingo 24 de julio de 2005 parte de la historia de esta líder quechua boliviana:

¡No! No puedes ser dirigente, ¿acaso eres hombre?”, le dijeron los hombres de su comunidad. “¿No? ¿Cómo no vas a saber hablar español? Tan viejota”, la retó su maestra de primero básico. “¡No, acá nadie tiene derechos!”, le gritó el militar que la apresó en 1980. Siempre no. Desde que nació, Nicolasa Machaca Quispe aprendió que sólo tenía derecho a un nombre y a una vida de servidumbre. Pero ella machacó y cambió sangre y llanto por un sí a la vez. Cada sí cayó como una gota sobre una roca y lentamente perforó un agujero en la gran piedra de la discriminación. Ahora, a punto de cumplir 50 años, toda esa lucha es reconocida a través de una postulación coral al Premio Nobel de la Paz.
Y es que una nación clandestina como la de Nicolasa necesita de revoluciones silenciosas y la mejor arma de esas batallas suele ser la educación. Era 1968 y mientras Domitila Chungara denunciaba ante el mundo la Masacre de San Juan, Nicolasa ejercía su primer acto de rebeldía: aprender a leer y a escribir. En Kurawara, una comunidad del ayllu Catamarca (Oruro), había hombres que no veían con buenos ojos que una imilla participara en sus reuniones representando a su padre, mucho menos que sea la líder designada para los cursos de alfabetización. Sin embargo, las mujeres la animaron. “Andá vos, sos wawita, vas a aprender más rápido”, le dijeron. Obedeció.
En realidad, ésa fue la segunda vez que Nicolasa intentó aprender a leer y a escribir. Tres años antes su padre, Camilo, la había alentado para ingresar a la escuelita de la comunidad de Poopó. Tenía 10 años y era la más grande de la clase. Eso provocaba que sea el centro de las burlas, no sólo de sus compañeros sino también de su maestra. “¿Cómo?, tan grandota y no aprendes a hablar castellano”, la retaba la maestra. “Me sentía humillada, maltratada. Me pegaba con reglas, me cocacheaba… Por eso no entré más a la escuela”, contó Nicolasa.
En cuanto se enteró de los cursos de alfabetización, su padre fue el primero en apoyarla para que aprenda a leer y escribir. Lo que no sabía Nicolasa era que con ese curso también se contaminaría con el bichito del liderazgo. Comenzó a tomar más talleres, conoció a líderes de la provincia y ya para 1974, fue la delegada de su ayllu en el Congreso de Mujeres Campesinas en Condurire (Oruro). En 1977, Nicolasa dejó Kurawara y se instaló en Oruro. Había sido elegida como dirigente máxima de las mujeres de su provincia y tal responsabilidad demandaba su traslado a la capital minera. No tenía tiempo ni para asustarse. Su deber era visitar comunidades para capacitar mujeres. Las organizaciones campesinas de Oruro crecieron hasta sumar 300 y en ellas ofrecía talleres de liderazgo, participación y producción. Su prestigio creció hasta que la designaron líder de todo el departamento.
No era un buen momento para ocupar el cargo, porque el régimen de García Meza la consideró un peligro. Una noche, a finales de 1980, mientras celebraba una reunión en la central orureña, los militares irrumpieron, la golpearon y la trasladaron al cuartel de Oruro.
Fueron dos meses de encierro, 60 días de interrogatorios, 1.440 horas de torturas: 86.400 minutos de violaciones y vejámenes ejercidos por hombres enmascarados, por personas sin rostros que exigían nombres, direcciones y teléfonos de otros líderes. A principios de 1981, todo acabó. El cuerpo de Nicolasa fue tirado sobre la chata de un camión y trasladado hasta un punto de la provincia Santistevan (Santa Cruz). Ahí la dejaron y allí ella subió a otro camión que la llevó hasta La Paz. Se refugió en la casa de una compañera de lucha, que le consiguió un médico. “No podemos hacer nada. Hay que operarte. La herida es profunda y está infectada. Hay que internarte”, le dijo el galeno. No. Otra vez, ¡no! Nicolasa no quería internarse. Los hospitales estaban vigilados y no soportaría un minuto más de encierro y violaciones.
Sus compañeras se movilizaron con rapidez, en una semana tenían todo listo. El plan era arriesgado pero no había otra salida: debía irse a Cuba. “Tenés que salir por Perú, hasta Lima. Ahí conseguirás un pasaporte peruano y viajarás a Cuba’, me dijeron. Todo el viaje debía hacerlo sin un solo documento y sin nada escrito. Debía memorizar cada nombre, cada lugar y cada forma de vestir de los contactos”, contó.
Salió por Copacabana. En la frontera la detuvieron, no querían dejarla pasar sin documentos, pero le tuvieron lástima por sus heridas. De ahí, cuatro días de viaje hasta Lima, una semana en la capital peruana y ocho horas de avión hasta La Habana.
La Cuba de los 80 era el paraíso de los perseguidos políticos. Del aeropuerto fue trasladada al hospital y tres meses más tarde estaba curada. Se quedó un año y medio. “Me aboqué a aprender qué era la política, la economía y qué era eso de lo que hablaban tanto: el capitalismo y marxismo-leninismo”, dijo.
Su camino de regreso fue más difícil. Ya no estaba García Meza en el poder, pero la sombra de su dictadura aún estaba sobre su alma. Lo primero que hizo fue contactar a su familia. Desde que la apresaron, su madre no sabía nada de ella. “Me dieron por muerta. Mi madre dijo que siempre tuvo esperanzas de que apareciera. Yo, en cambio, estaba muy traumatizada y con cosas adentro que no le podía contar a nadie”, relató Nicolasa.
A sus 28 años, Nicolasa tenía vergüenza. Se sentía culpable, no sabía cómo contarle a su madre lo que le había pasado. “Mis tres hermanos me dieron la fuerza para continuar trabajando. Tenía miedo. ‘Qué puedo hacer yo como mujer’, me preguntaba. ‘Qué me van a decir los hombres, porque, ¡ya no soy virgen!’ Por eso no me casé hasta los 35 años”, dijo.
Desde ese momento se refugió en el trabajo. Durante año y medio se dedicó a organizar a las mujeres de su comunidad para pasar de la institución sindical a la productiva. En 1984 volvió a dejar su ayllu y partió hacia Siglo XX, para trabajar en la radio Pío XII. En 1985, se inscribió en el Instituto Politécnico Tomás Katary y se graduó como técnico en salud. Ya para 1988 dirigía proyectos en el mismo instituto y comandaba a un grupo de médicos, enfermeras y agrónomos que brindaban servicios a más de 30 comunidades del norte potosino. Ahí conoció a su compañero. “Me dije: ‘para qué tanto trabajo si no tengo hijos”, contó Nicolasa.
Fue así que unió su vida a la de Benjamín Cuéllar. Se casaron en 1991 y tres años más tarde se fueron a vivir a Sucre. Allí crían a sus tres hijos: Rosa (17), Ernesto (14) y Carmen Julia (12). “Mis hijos están orgullosos de mí, quieren seguir mis pasos. Es por eso que la postulación al Premio Nobel es una alegría, porque no sólo es mía, sino de todas las mujeres con las que trabajo. Cada día pienso en capacitarme y después transmitir los conocimientos a las bases”, dijo.
Sí, Nicolasa sigue golpeando la roca.

Del Ayllu al mundo

Nicolasa Machaca nació en Kurawara el 23 de diciembre de 1955. Es la última hija del matrimonio entre Camilo Machaca y Leonarda Quispe Alejandro. Tiene tres hermanos: Humberto, Rosa y Guadalupe.
Desde niña, trabajó pastoreando ovejas, llamas y vacas a orillas del lago Poopó. Su padre se dedicaba a la pesca y a sembrar quinua, papa y cebada en los campos. De a poco, debido a la contaminación causada por las cooperativas mineras, las tierras se agotaron y dejaron de producir, por lo que el dinero no le alcanzaba a su padre para enviarla a estudiar a una escuela. Ella tuvo que formarse a sí misma.

Compañía. Nicolasa ahora vive en uno de los cerros de Sucre. En su casa recibe el amor de su esposo y sus tres hijos

“Los movimientos sociales no viven la democracia”

Para Nicolasa Machaca, Gonzalo Sánchez de Lozada es un asesino y debe pagar por las muertes de octubre negro. Sin embargo, eso no es lo que más le preocupa actualmente.
La líder campesina ve con mucha pena cómo los movimientos sociales han perdido la brújula. “Los movimientos sociales tienen que cambiar porque no se está viviendo la democracia dentro de ellos. Hay dirigentes que quieren manejar las organizaciones como les da la gana, a su manera de ser. Uno de ellos es el de la COB (Jaime Solares). Ahí uno solo piensa y expresa su opinión como si fueran las ideas de las bases cuando no les ha consultado. Se aprovechan de que ellos están un poco más preparados que las bases y los convencen. Eso no es una democracia verdadera”, reclamó.
En su opinión, todas las personas tienen el derecho a expresarse, a organizarse y trabajar por su comunidad. Pero también considera que tienen la obligación de aportar. “Hay que sugerir cosas. Si queremos cambiar, tenemos que dar alternativas, no sólo protestar”, señala.
Es por eso que considera que es importante que los representantes que asistan a la Asamblea Constituyente sean elegidos por las bases sociales, que realmente palpiten el sentir del pueblo y se dediquen 100% a esa actividad.
“Ellos van a recibir dinero y tendrían que ir a las bases para recoger sus necesidades. La gente es la que tiene que decidir. Los partidos políticos nunca toman en cuenta a la gente. Ellos seleccionan de sus propios militantes, sin importarle si están capacitados o no para cumplir con ese trabajo. Los partidos políticos deberían dejar que las bases elijan a sus representantes. Hay mucha gente preparada que no milita en ningún partido”, asegura.
Sin embargo, descarta completamente aceptar en algún momento un cargo en algún gobierno. Ni siquiera como ministra.
“Prefiero trabajar con las bases, porque ahí es donde hago falta. Las bases tienen que capacitarse cada día más. En cambio, en un ministerio, me dirían todo el tiempo lo que debo hacer”, concluye Machaca, que comparte la nominación al Nobel con otras dos mujeres bolivianas, Domitila Chungara y Ana María Romero.

En voz propia

Lo que tiene que hacer el próximo presidente.
El Presidente tiene que pensar que las organizaciones son importantes. Debe escucharlas y apoyarlos para que se conviertan en organizaciones productivas, no cobrarle impuestos porque apenas están sobreviviendo con sus propio esfuerzos y recursos. Si las libera del pago de impuestos hasta que se encaminen, después podrán aportar más. Debe darles créditos para ayudarlas a crecer, capacitarlas para integrarlas al comercio nacional e internacional. A veces nuestros productos son buenos, pero no tenemos mercado.
¿Hay políticos honestos?
No creo que haya políticos honestos. Todos están maleados. Por eso se pelean por estar años de años en el poder. No creo que los políticos se enderecen. Son palitos chuecos y se van a quedar así. Hay mucha gente honesta, pero el tiempo las malea. Creo que en la Asamblea Constituyente se debe poner un límite a esto. Una persona no puede estar tantos años como senador o diputado. Debería permitírseles un solo mandato. Están años de años y no quieren salir de la dirigencia. ¿Qué les cuesta? Estén cinco años y después déjenle el puesto a otros. Tal vez así vamos a poder mejorar, con nuevas generaciones.
¿Hay menos discriminación?
Ahora hemos avanzado, somos alcaldesas, diputadas, senadoras, concejalas. Ya no hay mucha marginación. Pero hay que seguir trabajando, capacitándonos porque todavía nos falta. Debemos tener una misión y una visión de desarrollo para el futuro.

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