La prohibición del quechua

Si es cierto que hace 22 años se prohibía hablar el idioma quechua en Bolivia, por lo menos he visto y hemos vivido los escolares de ese entonces en un Colegio x, donde los profesores nos decían que solo debemos hablar en español.

Es cierto que los “misioneros europeos (fueron) los que rescataron esas lenguas (como la quechua) y registraron su vocabulario y su gramática”, pero no fue para contribuir ni preservarlas con buenas intenciones sino para evangelizarlos, homogeneizar y no respetar la pluralidad,  por tanto acabar con la forma de ver la realidad desde su propia civilización de los quechuas. Por ejemplo, la mujeres en Cochabamba fueron tratadas como vulgares y otras decentes, ¿que tal?, eso es una forma de prohibir, haciendo avergonzar de su lengua (quechua) a las mujeres para que solo hablen el español.

Los habitantes solo hablaban el quechua o aymara entre ellos, como dice D’Orbigny.

“Vivimos un tiempo de imposturas que es necesario resistir con la verdad”, como dice Carmela Gutiérrez, autora de un artículo que fue publicado en el periódico Los Tiempos, que a continuación les dejo para que lo analicen la tesis de que no sería “cierto que se prohibieran los idiomas nativos ni hace 50, ni hace 100, ni hace 300 años”:

Un alto funcionario del Estado Plurinacional reproduce continuamente falacias dañinas sobre nuestra historia, demostrando que el prestigio intelectual del que goza es totalmente inmerecido. Lamentablemente, sí es suficientemente influyente como para que otras autoridades repitan sus falacias, tratando de volverlas ciertas.

Una frecuente es la de la prohibición a los indígenas de circular por las plazas. Si hubo algo así debió ser circunstancial y pasajero, y seguramente muy local. Basta ver las fotografías y grabados previos a 1952 para encontrar que en las plazas de Bolivia, y en todas las fiestas cívicas y religiosas que se celebraban en ellas, se encuentra tanta cantidad de indígenas como de criollos, disfrutando juntos del mismo evento público.

Ahora me refiero a la mentira de las lenguas nativas, que según el funcionario habrían sido prohibidas hace 30, 70 o 100 años.

Tal afirmación contradice todo lo que se sabe al respecto. Carentes de escritura propia, fueron los misioneros europeos los que rescataron esas lenguas y registraron su vocabulario y su gramática, contribuyendo a preservarlas. Esa labor la han seguido haciendo, hasta bien entrado el siglo XX, los misioneros americanos con las lenguas nativas amazónicas. Se sabe que si hubo represión, provino de los incas, que impusieron el quechua como idioma común de su imperio. Los españoles continuaron difundiendo y promoviendo el quechua como lenguaje nativo y nunca lo prohibieron, como tampoco al aymara.

En 1788, el gobernador intendente Francisco de Viedma escribió que en la misma ciudad de Cochabamba “entre la gente vulgar no se habla otro idioma que el quichua, y aun entre las mujeres decentes hay muchas que no saben explicarse en castellano”. Mal podía pues estar prohibido un lenguaje que era común a todas las clases.

Similar detalle observa el ilustre viajero francés Alcide D´Orbigny, que en su visita a Cochabamba en 1830 encuentra que “las mujeres de la sociedad burguesa poseen una idea muy incompleta del castellano, que no les gusta hablar; por eso el extranjero, que no puede aprender de la noche a la mañana el idioma de los incas, se halla a menudo en un gran embarazo”.

En La Paz dice D’Orbigny: “Todo el mundo habla el aymara, lengua primitiva del lugar. Los indígenas no conocen otro idioma; los mestizos agregan a duras penas un español poco comprensible y mezclado de aymara, y, en todas partes, en la vida social y en la intimidad, los habitantes lo hablan entre ellos”.

Y sin ir tan lejos, recuerdo muy bien cómo mi mamita prefería comunicarse en quechua con sus hermanas y amigas, muchas de las cuales provenían de las áreas rurales. Yo misma jugaba en ese idioma de niña. Si lo olvidé no fue por prohibición alguna sino por simple conveniencia. De nada me sirvió el quechua en el extranjero, como de poco me serviría recordarlo hoy.

No es pues cierto que se prohibieran los idiomas nativos ni hace 50, ni hace 100, ni hace 300 años. Falta a la verdad el funcionario.

Y las suyas no son mentiras piadosas, que son las que se dicen para evitar un daño o un dolor innecesario. Son mentiras malignas, que dañan tanto a quienes supuestamente se protege, como a las relaciones que ellos tienen. En nuestro caso, intentando construir una historia de abusos y discriminaciones. Nadie niega que existieran, pero la exageración hace falsa la denuncia, y al sembrar la cizaña del odio, el resentimiento y la desconfianza, se provoca un grave daño a la sociedad. Vivimos un tiempo de imposturas que es necesario resistir con la verdad.

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